La Isla
jueves, 29 de abril de 2010
sábado, 24 de abril de 2010
miércoles, 14 de abril de 2010
Juan de Orellana el Bueno [y 4]
Juan de Orellana el Bueno, noveno señor de Orellana la Vieja [y 4]
Es cierto que, de una u otra forma, Juan el Bueno debió llegar con sus tíos a ciertos acuerdos sobre la administración del patrimonio que éstos controlaron durante más de 15 años, arreglos que seguramente no llegaron a ser bien conocidos por el resto de su familia, pero también debió llegar a otro pacto con el cura de Orellana, porque, sintiendo cercano su anunciado final, y aprovechando que el plazo de vigencia de aquel compromiso con sus hermanos llegaba a su término en aquellas fechas, pidió consejo al clérigo, que debió persuadirle para que lo cancelara, temerosos ambos de que su tío hubiera proyectado ya apoderarse de las rentas del mayorazgo, aprovechando el final de su larga enfermedad. Todo apunta a que Juan el Bueno transfirió por entonces la función de administrar su patrimonio a manos del cura de Orellana Francisco Guisado, que gozaba de su completa confianza, hasta que se hiciera cargo del señorío quien le fuera a suceder: “y porque desde el dicho dia enadelante por mi mandado el bachiller Francisco Guisado clerigo que esta en mi cassa a tenido cargo del gasto y rescibido que despues aca sea ofrescido rescebir y gastar y para ello a procurado algunos dineros prestados digo que todo lo que diere por escripto firmado de su nombre aver rescebido se le de y pague luego de mis bienes y le passen en quenta todos los gastos que diere por escripto firmados de su nombre aver fecho e sin (sic) que sea creydo sin ninguna otra averiguacion porque del tengo entero concebto de verdad”.
Casa de la Alberca en Trujillo.
Casa solariega de los señores de Orellana la Vieja
Pero en verdad, ya nada de lo que Juan pudiera hacer serviría para que Gabriel abandonara su presa. No hacía mucho que le había pedido a su sobrino que le nombrase sucesor, lo que sin duda debió sorprender mucho al señor de Orellana, porque al menos sí tenía claro que ese derecho le correspondía a su hermana, pero a finales de 1548 comenzó a sentir con mayor fuerza la presión a la que de nuevo le iba sometiéndo, desplegando esta vez don Gabriel sobre su sobrino todo el poder de influencia que tenía sobre cuantas personas y allegados pudieran contribuir a sus propósitos. Al hilo de esta nueva estrategia, Juan de Chaves nos dice que Gabriel el Viejo le había conminado repetidamente a que interviniera en su favor, persuadiendo a su sobrino para que le nombrase su sucesor y que después de una entrevista que mantuvo con él, éste le contestó que: “como señor me dezis esso fiandome yo tanto de vos que mi propio tio don Gabriel y don Fernando Portocarrero su hermano ambos me han dicho una y muchas vezes que mi casa no la heredan ellos sino mi hermana". Gabriel insistía con Juan de Chaves para que le dijera a su sobrino que consultara sus dudas con su confesor y con fray Pedro Garijo, jurista y letrado de quien podía fiarse, y aunque Juan no quiso escucharle, terminó por ceder como resultado de las continuas presiones que ejercieron sobre él, incansables, estos y otros asesores, que valiéndose de su autoridad moral lograron torcer su voluntad para que acatara los deseos de su tío Gabriel, pese a la oposición silenciosa de Hernando Portocarrero: "importunado muchas vezes de este testigo dixo que si lo aria y que el testigo entiende que los letrados y confessor se lo deuieron aconsejar porque muy contra su voluntad a lo que este testigo pudo conocer del lo hizo persuadido de los letrados y confessor que para esto eligio que asi conuenia a su conciencia y siempre con todo esto el dicho don Fernando Portocarrero hermano del dicho don Gabriel le parecia mal y burlaua y burlo hasta que murio de la pretension del dicho don Gabriel y estuuieron sobre ello desauenidos y esquiuos con auer sido tan grandes hermanos jamas se boluieron a tratar".
Seguramente que Juan sólo llegó a conocer las interesadas explicaciones que le dieron entonces sus expertos consejeros sobre quién debía sucederle si moría sin descendencia, careciendo de hermano varón. Conocedor de las pretensiones de su hermana María y de su tío Gabriel, consultó afligido a diferentes letrados, juristas y teólogos para que le ayudaran a interpretar la escritura del mayorazgo. Agudizada su enfermedad desde hacía algún tiempo en Orellana la Vieja, pidió que le llevaran a su casa de la Alberca en Trujillo para que pudiera recibir mejores cuidados, donde acudieron a visitarle los dominicos Tomás de Santa María y Francisco Durán, acompañados del jerónimo Pedro Garijo. El cura de Orellana la Vieja Francisco Guisado, que atendía la cátedra de gramática en la villa, juzgó aquella reunión que mantuvo con los frailes como decisiva y se temió lo peor. Tras hacer salir de la sala en la que se encontraban a su tío Hernando y a sus criados, después de que se leyera la escritura principal del mayorazgo, les pidió Juan que le dieran su parecer. Todos, sin excepción, se pronunciaron a favor de Gabriel de Mendoza. Francisco de Herrera, amigo personal de éste, había llevado incluso una copia de las escrituras a Valladolid, para tratar el asunto con el licenciado Gaona, contestando éste que "si auia varon descendiente de Juan Alfonso, que no heredaua muger y que esto parecia claro por la escritura". Lo mismo hizo en sendas entrevistas con los doctores Bravo y Torice, contestando ambos que debía suceder Gabriel y no María. Según el clérigo de Orellana, estas consultas inclinaron definitivamente la opinión del joven moribundo confiando, angustiado, en el buen criterio de sus asesores: "y entendido dellos que el dicho don Gabriel era legitimo sucessor le nombró por tal y sino entendiera que era justicia no le nombraria por sucessor de la dicha casa".
Tal vez Juan el Bueno llegara a creer sinceramente, tras las presiones a las que fue sometido, que al mayorazgo de Orellana no podía suceder mujer habiendo varón de otra rama descendiente del fundador. Sea como fuere, lo cierto es que en su testamento expresó finalmente su voluntad de que le sucediera su tío Gabriel de Mendoza. Evocando lo que habían sido vacilaciones hasta ayer mismo, pensó seguramente que con sus palabras no se despejarían del todo los recelos familiares, así que propuso de nuevo –probablemente al dictado de su tío Gabriel- nada menos que el matrimonio de los dos adversarios, lo que desde luego hubiera cambiado el curso de los acontecimientos futuros, conciliando los intereses de ambas partes. La propuesta que sabemos no era nueva ejerció poco influjo en el ánimo de su hermana, que por entonces había contraído ya compromiso de matrimonio con el caballero don Gómez de Figueroa -nieto de don Gómez Suárez de Figueroa, segundo conde de Feria- gentilhombre de la Cámara de Felipe II, incrementándose por el contrario su voluntad de luchar por lo que sentía como propio.
viernes, 9 de abril de 2010
lunes, 5 de abril de 2010
martes, 30 de marzo de 2010
Juan de Orellana el Bueno [3]
Juan de Orellana el Bueno, noveno señor de Orellana la Vieja [3]
Así estaban las cosas y como ninguna de las diferentes iniciativas con las que había intentado despejar hasta entonces el futuro de sus pretensiones había tenido éxito, decidió Gabriel que a partir de ese momento debía fomentar más la complicidad de su sobrino si quería ver cumplida su ambición y puesto que para nadie era un secreto que deseaba sucederle en el señorío y que podía ejercer una influencia decisiva en su ánimo y voluntad, haría que el joven titular le nombrara en vida sucesor al mayorazgo en su testamento. Pese a la particular dolencia que aquejara a don Juan, urdía de ese modo Gabriel una nueva forma de anular los derechos sucesorios de María, apoyándose en su carácter dócil, rayano en la sumisión. Frente a la insolencia de su tío, la ostensible usurpación que éste hacía de su potestad jurisdiccional debió causarle a Juan el Bueno no pocos problemas de respeto y consideración entre los más allegados de su familia, vasallos y criados, haciendo que su vida en la Casa Fuerte seguramente no le resultara del todo grata al joven señor de Orellana. Frente a su debilidad, la férrea voluntad del aspirante terminó imponiéndose. Aprovechándose de la ingenuidad que dominaba aún la personalidad de su sobrino, fue atrayendo Gabriel para sí todo el control y autoridad de gobierno del dominio señorial, obteniendo finalmente su nominación formal a la sucesión del mayorazgo en un nuevo testamento del titular, y lo que en principio podía imaginarse improbable, resultó al poco factible: "y teniéndole, y estando de baxo de su mano, hizo que le nombrasse por sucessor en su casa y mayorazgo y que le diesse la posession en vida como se la dio", nos dicen los documentos.
Al abrigo de sus nuevas prerrogativas no le resultó difícil mentir y falsificar documentos para que su sobrina María no pudiera defenderse ante la justicia haciendo valer sus derechos de sucesión, actitud que no aprobaba ya, inquieto, su hermano Hernando Portocarrero, que se mostró dolido por la forma en que actuaba Gabriel. Por las declaraciones de los testigos que intervinieron en los pleitos que siguieron más tarde por esta causa, sabemos el malestar que se iba extendiendo también entre los vecinos de Orellana, por las mezquinas pretensiones de don Gabriel, que no se resignaba a perder el mayorazgo: Alfonso de Zafra dijo que después de quitarle a doña Isabel la tutoría de su hijo, a su regreso de Portugal, tuvo éste a don Juan hasta que murió “muy sugeto y fuera de toda libertad y no le consentia vsar de su voluntad ni hazia mas desu persona y bienes de lo que don Gabriel queria y mandaba”; Alonso García expresó a su vez que “mandaba el dicho don Gabriel en los bienes y negocios de la hazienda de don Juan mucho mas que don Juan”; asimismo Lope García de Rueda añadía “que siempre vio que don Gabriel gouernó y mandó en la hazienda de don Juan hasta que murio y lo tenia tan sujeto que no se negociaua cosa ninguna con don Juan sino con don Gabriel porque el testigo tuuo negocios con don Juan y lo negociaua con don Gabriel”; Francisco Molina, “que viuio con don Juan en el tiempo que el dicho don Gabriel fue su curador y despues que lo dexó de ser y vio como don Gabriel tenia en su compañía de contino a don Juan y que no mandaua don Juan sino don Gabriel y don Juan no hazia sino lo que don Gabriel queria y esto paso hasta que murio"; Pedro Sánchez de Badajoz explicaba a su vez “que como vezino de Orellana vio que don Gabriel despues que fue curador de don Juan hasta que murio siempre le tuvo muy sugeto y que don Juan no mandaua ni osaua proueer cosa en su hazienda sino lo que don Gabriel queria y mandaua y esto se hazia en casa de don Juan”; Luis de Alcocer refiere cómo se comentaba entre las gentes de Orellana que “creyan que don Gabriel tenia echizado a don Juan pues tan posseydo y sugeto le tenia”, noticia que reiteraba por su parte Francisco Martín, explicando la dependencia en la que vivía don Juan, que no hacía sino lo que decidía su tío “e que se murmuraua entre los vezinos de Orellana que le deuia de tener don Gabriel echizado pues tan sugeto le estaua y no era señor ni libre de si”. El cura Diego de Morales, del que hemos tenido noticias en otras ocasiones nos decía asimismo que “vio hazer juramentos a don Juan en una procession, que estaba sugeto a don Gabriel y que no hazia mas de lo que el queria y mandaba [… ] y que oyo a parientes de don Juan que les pesaua de la gran sugecion que don Gabriel tenia a don Juan y que si era verdad que auia echizos que don Juan estaua hechizado y que sospechaua que le deuia de auer tomado algun juramento a don Juan sobre que no haria mas de lo que el demandasse”; Bartolomé Ruiz, que vivía en la fortaleza de la villa como criado de don Juan, reiteraba pesaroso en su relato el mismo estado de cosas. (Continuará).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)