La Isla

La Isla

miércoles, 1 de enero de 2014

María Enríquez de Mayoralgo [y 7]

Las indagaciones que siguieron en Madrid ( y 3)

Cansado de dar tantas vueltas, García de Orellana presentó al Consejo el 16 de noviembre de 1600 una petición de querella criminal contra María de Mayoralgo acusándola directamente de tener en su poder escrituras con las que podría demostrar que le pertenecía la sucesión de la casa de Orellana. "Para comprovacion de lo qual es de gran consideración que al tiempo que murio don Gabriel su nieto hermano de la dicha doña Catalina, que tenia entrada la possesion de la dicha casa e mayorazgo la dicha doña Maria puso gran diligencia en que luego se sacassen de la fortaleza de la villa de Orellana un gran numero de escrituras y las hizo llevar cubiertas entre unas cestas de esparragos... entre las quales es sin duda que yuan las escrituras contenidas en la dicha paulina porque de otra manera era impenitente la dicha diligencia y la aceleracion y recato con que se hizo". Presentó García más tarde una declaración que había hecho en Madrid Alonso Pérez de Alarcón ante el notario Juan Gutiérrez cuando se encontraba en casa de Pedro Ruiz Bejarano, abogado en la Corte, camino de Sevilla con intención de partir luego hacia las Indias. Mayordomo de la viuda María Enríquez Mayoralgo durante cinco meses, servicio que había dejado hacía poco más de veinte días, explicó que en una ocasión llevó en compañía de esta señora cierta cantidad de papeles a casa del licenciado Fuenllana, encerrándose ambos en el estudio que éste tenía en el Humilladero de San Francisco, diciéndole a él que se mantuviera fuera y que no dejara pasar a nadie, repitiendo las visitas, que duraban  dos horas, varios días seguidos,  quedándose los papeles al final en poder de Fuenllana más de un mes, hasta que doña María  se los llevó de allí en compañía de este mayordomo y de un paje, pero sin permitirles durante todo el trayecto cargar el talego donde los llevaba, guardándolos  al llegar a casa en un cofrecillo de tamaño mediano que más tarde envió a un fraile benito del monasterio de San Martín de Madrid para que se lo guardase. Continuó el mayordomo su declaración diciendo que estando un día doña María confesándose en la iglesia de San Martín observó que durante la mañana se confesó con tres frailes benitos diferentes y que “con cada vno dellos vio que estuvo hincada de rodillas vn grandisimo rato y quando salio de la dicha iglesia para venir a su casa y este que declara acompañandola vio que salio tan penada llorando y dando suspiros que le hizo lastima”  por lo que le dijo que seria mejor que diera lo suyo a sus dueños y ella, con coraje respondió “o mal hombre, mis armas auia yo de dar a mis enemigos”, añadiendo incisivo:  “y en las vezes que la vio confessar en la dicha iglesia de San Martin y otras en la compañía y en el monasterio de la Trinidad y aunque la vio confessar muchas veces nunca la vio comulgar”.  Preguntada doña María sobre las declaraciones del mayordomo contestó que tiempo atrás había sido su criado, pero que era éste un hombre mentiroso, que todos se reían de él porque decía que en su tierra, Lucena, cinco bellotas hacían una libra y que cuando fue rico tuvo un caballo al que le daba de comer gallinas y que se quedaba con dinero de la casa y que por ser ruin, tuvo que despedirlo. En cuanto a la escritura de Pedro Alfonso, hijo del fundador del mayorazgo, dijo que en uno de los traslados debieron de quitársela, porque no la tenía.


Fueron por orden del Consejo mientras tanto el relator Morquecho y el secretario Mármol a casa de doña María con la llave que ésta les dio de un cofre grande diciendo que en su interior se guardaban  los papeles que ella tenia. Preguntó el secretario al ama Ana de Mazuelos que si encontrarían allí papeles que pudieran comprometer a su señora y ésta les contestó: “todo es ayre lo que pueden hallar, que lo que importa, mi señora lo tiene”.  Volvieron el relator y el secretario a cerrar con llave el corre que dejaron en la casa para volver a buscarlo pasado unos días y llevarlo a casa del secretario, pero sin que terminaran de encontrar los papeles que buscaban, porque al poco llegó de noche un paje de doña María llamado Diego Casco cargado con un cofre que contenía los papeles que había mandado al fraile de San Martín, papeles que inmediatamente mandó a casa de un tal Hernando de Orellana, de donde fueron sacados nuevamente y llevados a casa de don Gómez de Sotomayor y su mujer María de Velasco en un cofre forrado de cuero negro para que se los guardasen.  Informado el secretario Mármol de estos movimientos preguntó nuevamente al ama Ana Mazuelos por lo que llevaba el esclavo de doña María de Velasco en el arca y esta le respondió: “Estos negros papeles. Harto le estuuiera a mi señora quitarse destas pesadumbres y si no es suyo darlo a cuyo es que quiere retener cosas que no son suyas ha sido causa deque vengan tantos trabajos  por ella y por su casa que tantas muertes ha visto en ella”.  

María Enríquez de Mayoralgo [6]



Las indagaciones que siguieron en Madrid (2)


García de Figueroa, mientras tanto, había tenido conocimiento que fray Diego de Ávila, de la orden de la Santísima Trinidad, tenía cierta información sobre los documentos que se buscaban y solicitó que se endurecieran contra él las amonestaciones eclesiásticas, porque hasta ese momento se había negado a testificar. Terminó haciéndolo finalmente en Madrid, cuando se dirigía a Sevilla a primeros del mes de septiembre, expresando el fraile en primer lugar durante su testimonio que tenía grandes escrúpulos, no sabiendo cómo actuar frente a una situación que le perturbaba, porque a pesar de lo que decía Santo Tomás, que qualquier secreto que causara un grave daño a terceras personas debía declararse, otros teólogos, a quienes había consultado, le hacían dudar de esa posición. Cuando al fin se decidió a declarar dijo que hacía unos cuatro meses que le había visitado una viuda llamada María Enríquez de Mayoralgo en la iglesia de la Trinidad “y le dixo que le avia oydo algunos sermones apretados y rigurosos” en relación con una paulina que se había leído en dicho templo y que ella tenía ocultos muchos papeles, escrituras y privilegios relacionados con el mayorazgo de Orellana la Vieja, preguntándole que si estaba excomulgada por ello y que si lo estarían las personas que guardaban con ella el secreto. Fray Diego le hizo cristianas amonestaciones, advirtiéndole piadosamente de la gravedad de la excomunión y del peligro en que vivía, especialmente dada su edad, invitándole a que devolviera lo ajeno y reflexionara sobre los daños que se estaban ocasionando por su causa a otras personas, a lo que ella tercamente se negaba, dilatando su decisión con la promesa de que pensaba dirigirse a García de Orellana para negociar con él. Abrumado por la frustración que le producía su propio relato y porque debía tomar una determinación esa misma tarde antes de proseguir al día siguiente, muy de mañana, su viaje a Sevilla, el fraile interrumpió su testimonio para enviar un comunicado a doña María de Mayoralgo que sabía estaba entonces en Madrid, avisándole que tenía que marcharse del lugar donde estaba al amanecer, y que debía hablar con ella lo antes posible, “diçiendole como se yva mañana y que le dava de plaço hasta las seis de la tarde para que cumpliese lo que mandava la paulina dende no que sin duda declararia porque se yva en amaneçiendo Dios y por nada del mundo avia de yr descolmulgado y visto que nada a hecho por descargo de su conçiençia a las ocho de la noche a hecho la dicha declaraçion…”. Todos los esfuerzos del fraile resultaron en vano, porque doña María no se dignó siguiera contestar, y a las ocho de la noche, el fraile, pesaroso, terminó la declaración precedente.

Testificó por aquellas fechas García de Silva y Figueroa, que tenía su residencia en la calle Leganitos de Madrid, diciendo que en cierta ocasión había hablado con Francisco Arias Maldonado, alcalde de casa y corte de su majestad, porque deseaba que éste expulsara de la finca donde ambos eran vecinos “a una muxer que vivia libremente”; hablando de todo un poco le vino éste a decir que estaba bien informado del pleito que mantenía García de Orellana, y que él pensaba que tenía derecho al mayorazgo. Juan de Chaves Sotomayor, caballero de Truxillo del que ya hemos hablado y que tenía por entonces concertado su matrimonio con Catalina de Mendoza, nieta de María Mayoralgo, le había dicho que tenía derecho al mayorazgo de Orellana la Vieja. Había mantenido contacto también con Juan de Escobar, pariente del anterior, quien le dijo en contestación a sus pesquisas que “no podia dexar de servir a la dicha doña Catalina de Mendoça como parienta suya”, pero que cuando murió Gabriel de Orellana vino Juan de Chaves a Trujillo y le dijo a él y a Francisco Arias Maldonado, aunque de muy mala gana, que había muchas escrituras que podían beneficiar a la justicia de don García Figueroa en el pleito que mantenía en el Consejo.

Mientras tanto, con las diferentes declaraciones que se obtenían por medio de la paulina y otras noticias que llegaban por otros caminos, García de Figueroa cerraba en torno a María de Mayoralgo un círculo cada vez más estrecho. El 25 de octubre dispuso ya el Consejo que se enviara un letrado a Trujillo para que diligenciara su traslado a Madrid, "y parece que la dicha doña Maria fue trayda presa a esta Corte y por los señores del Consejo se le mando tomar su confession" y que al mismo tiempo se tomaran declaraciones al licenciado Cambero y a doña Ana Mazuelos. Declaró doña María al poco ante Pedro de Tapia, diciendo que no tenía más escrituras que las que había enseñado y que no guardaba otras. En cuanto a la pregunta de si había mandado trasladar los documentos a Aldea del Cano respondió, sin negarlo, "que auiendo tomado la possession de la villa y mayorazgo de Orellana en nombre de su nieta y posseyendola pacificamente como su curadora por guardar las escrituras y tenerlas a buen recaudo...", las había recogido, pero sin admitir que las hubiera mandado llevar de noche y cubiertas con espárragos para ocultarlas. Le interrogaron después sobre lo que había declarado Juan de Solís, respondiendo que era cierto que ella le hubiera dicho que su nieto estaba enfermo "y que estando en la iglesia de la dicha villa delante de vna imagen que estaua en la sacristia auia escrito vna carta en que le dezia el estado en que estaua su nieto y que si Dios le lleuaua fuesse a la dicha villa para que ella y el diessen orden en lo que conuiniesse ", pero negando que en la carta le comunicara a don García que le fuera a dar la posesión del mayorazgo si muriese su nieto, porque lo que había escrito era para ponerlo contento y valerse de él "en ocasiones que se ofreciessen de casamientos y otras cosas", tal vez pensando en un posible acuerdo matrimonial con su nieta. En cierta ocasión había ido a la casa de Mencía Manrique de Figueroa, hermana de don García, para que ésta le dijera a su hermano que deseaba mucho darle satisfacción a lo que requería y que enviase a su letrado a donde ella vivía para mostrarle las escrituras que deseara, a lo que le contestó, agradecida, que su hermano estaba en Aranjuez con el rey y que le mandaría una carta explicándoselo, aunque sabía que estaba muy enojado con ella. Sobre lo declarado por Diego de Ávila, mantuvo que nunca le había dicho que tuviera documentos ocultos, sino que tenia las escrituras guardadas.