La Isla

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jueves, 10 de septiembre de 2020

Asalto al Palacio de Orellana la Vieja en el año 1599 [y 5]

 

5] Lo que relatan otros testigos y finalmente, la condena a Don Rodrigo de Orellana por el asalto a la fortaleza

Aspecto de la fachada principal de la Fortaleza tras su remodelación en Palacio 
a mediados del XVI

Informado el Consejo Real de estos hechos en Trujillo y tras  ser detenido Rodrigo de Orellana, como enseguida veremos, la ulterior declaración de testigos que tuvo lugar en La Puebla de Alcocer nos enriquece el relato, por lo que sin duda merece la pena seguir mostrando nuevos matices, porque a la vista de lo que cuentan otros pocos testigos podremos completar algo más el cuadro de los hechos.

Así, Juan Alfonso, vecino de Orellana, explicó a su vez que estando ese día en el molino de la Soterrana junto a Raudona (alguacil, tal vez hijo de Francisco de Raudona, escribano y luego alcalde mayor de Orellana en tiempos de Teresa de Meneses), llegó muy alterada su mujer, diciendo a voces que don Rodrigo de Orellana había entrado en la fortaleza, apoderándose de todo. Raudona dejó lo que estaba haciendo y se fue corriendo al pueblo. Cuando llegó a la fortaleza, confundiendo al que guardaba la puerta pudo acceder al interior, pero se encontró de frente con don Rodrigo, que iba  acompañado de varios hombres armados, y aunque trató de darse la vuelta, no pudo porque corrieron tras él  y aunque le soltaron enseguida, pudo entender que estaban resueltos a defender la fortaleza de cualquier ataque, porque como bien oyó decir a don Rodrigo, de allí no habrían de irse sino muertos. Nos dice Juan Alfonso que se vocearon varios pregones a lo largo del día para que los vecinos no dejaran entrar a nadie en el pueblo ni en sus casas, bajo pena de recibir doscientos azotes y perder todos sus bienes. Se pusieron centinelas por toda la villa, oyendo decir que de Navalvillar de Pela habían traído hachas y segurones por si no le abrían la puerta de la fortaleza para derribarla, por lo que "del dicho temor muchos vezinos de la dicha villa de Orellana se yuan huyendo y dexauan sus casas desamparadas y que quisieran mas perder sus haziendas que verse en aquellos rebates".

 Un cuarto testigo, Francisco Garrido el Viejo, de   80 años de edad, dijo por su parte que mientras ocurrían estos hechos él se encontraba en la puerta de la Fortaleza "calçandose vn çapato como portero della" y que estando ésta abierta llegaron dos hombres que él no conocía y que, al volverse, receloso, para cerrarla, ellos se abalanzaron tras él de forma que no pudo evitar que entraran. Pudo observar que "el vno vio que lleuaua vara de justicia y le preguntaron que cuya era aquella casa y que si estaua en ella el señor y donde" respondiendo él que en Trujillo, en el mismo instante que llegaba don Rodrigo con dos hombres de a caballo y otro más a pie, y apeándose de la montura le preguntó si tenía la llave de la puerta principal y como quiera que le contestó que la tenía él, la quitó de la cerradura para dársela. Llegó al rato Benito Laso que guardaba las otras llaves de la Casa Fuerte y pidiéndoselas también se las entregó "lo qual todo passo de bueno a bueno sin fuerça ni violençia y que don Rodrigo y los que con el venian no traian mas armas que sus espadas y dagas". Mandó seguidamente don Rodrigo a Benito Laso que sacara de la Fortaleza todo lo que fuera de él y de cualquier vecino de Orellana, y al mismo tiempo, que le hiciera un inventario de todo lo que perteneciera a doña María Mayoralgo.

Acompañaba a los ocupantes un escribano al que luego nombraron alcalde mayor de Orellana, que estuvo midiendo el trigo y la cebada que había en el granero de la casa, pero que él piensa,  no se llevaron el grano.  Encargaron a otras personas de las que venían con ellos a que tomaran posesión del molino y la barca poniendo a su cuidado molinero y barquero y que apostaran guardas en las dehesas, añadiendo que hacía algunos días que había visto venir una carreta de Trujillo con venablos y que vio más armas en la Fortaleza, pensando que don Rodrigo las estaba colocando para defenderse si venían a expulsarle de la casa, porque además de las personas que había traído con él le acompañaban también seis vecinos de Orellana. Toda aquella prevención era por si venía doña María de Mayoralgo con su marido Luis de Chaves y otras gentes para echarle de la fortaleza, porque habían llegado hasta Acedera y andaban por allí armados un domingo todo el día, volviéndose a Trujillo, donde dieron cuenta al juez, después de haber oído que don Rodrigo decía que no le habrían de echar de aquella fortaleza sino muerto.

Finalmente, un quinto testigo, Bartolomé Sánchez, que vivía en la propia fortaleza como mayordomo de los titulares del señorío, dijo en su relato que doña María de Mayoralgo gozaba y administraba los bienes de Orellana con su nieta Catalina como lo había hecho con su hermano don Gabriel (el Mozo). Hacia las nueve o diez de la mañana del martes 14 de septiembre de 1599 vio venir un pequeño rebaño de ganado por la Corredera, antes de entrar en Orellana, y que junto al ganado venían cuatro hombres con dos bestias menores que le parecieron gitanos acercándose a  la Fortaleza, hasta que llegaron cerca de donde él estaba,  viendo entonces cómo se apearon  dos de ellos, apartándose de los otros dos, y el que ceñía espada fue hacia la puerta principal del castillo y el otro, que era más pequeño, se quedó en la puerta del Coso escondido, sosteniendo en la mano una vara o dardo y el más grande llegó a la puerta principal del castillo donde vio que estaba sentado Francisco Garrido el Viejo y le pareció que hablaba con él y luego entró en el castillo y el hombre más pequeño entró tras él. Volvió Bartolomé la vista hacia el camino de Orellana de la Sierra y vio venir en aquella dirección cuatro o cinco hombres más a caballo, derechos a la villa.  Sospechando mal de aquellas entradas se  volvió a su casa, contando a Antonio Gómez, receptor de Granada, lo que había visto, acercándose éste a ver lo que pasaba; cuando volvió dijo que don Rodrigo de Orellana había entrado en el castillo. El mismo día vio andar a dos hombres con vara de justicia en nombre de don Rodrigo, visitando los mesones y haciendo otros actos de posesión y con ellos iba otro hombre que decía que era escribano, oyendo decir entonces que don Rodrigo había mandado prender a Juan Cabezas y Antonio Sánchez, escribano y alcalde mayor, escuchando a don Rodrigo decir muy malas palabras. Observó que durante el día y la noche, había mucha gente de guardia en el castillo y que él había visto partesanas y lanzas en su interior, seguramente para defenderse si venía doña María a echarles de la fortaleza y que esta estuvo todo un día en Acedera, pero sin atreverse a entrar en Orellana. Nombró don Rodrigo alcalde mayor a Pedro San Vicente y alguacil mayor a Juan Gómez, vecinos ambos de Plasencia. 

El mismo 14 de octubre de 1599 se dispuso, desde Trujillo, que fuera a Orellana la Vieja el licenciado Diego Arze de Otalora en calidad de juez comisionado, con la misión de reducir a Rodrigo de Orellana  y llevarle preso a la Corte, restituyendo la jurisdicción del señorío al estado en que se encontrara a su llegada, reponiendo los cargos y oficios que hubieran sido destituidos y deteniendo a cuantos se demostrara que habían estado implicados en los hechos. "Con esta comission fue requerido el dicho juez el qual parece fue a la villa de Orellana y en virtud della prendio al dicho don Rodrigo y le secrestó sus bienes y le traxo preso a la carcel real de esta Corte. Y también prendio a otros y restituyo y puso la jurisdicion de Orellana en el punto y estado en que estaua al tiempo y quando el dicho don Rodrigo la tomo y boluio al alcayde de la fortaleza y alcalde mayor y demas oficiales del concejo sus oficios según los tenian".

Cuando fue apresado le llevaron a declarar ante el juez comisionado de Trujillo en la Puebla de Alcocer. Y allí, aunque en lo esencial relata los mismos hechos conforme a lo que habían expuesto los testigos a los que hemos escuchado, su versión niega que en ningún momento utilizara la violencia. Según su relato, cuando llegaron a Orellana se habían encontrado con la puerta de la fortaleza cerrada, siendo guardada por un hombre que se llamaba Garrido, al que le preguntaron: "que hazeys ay, abrir, y luego abrio la dicha puerta y entro dentro con su mula y con los demás criados que lleuaua", sin hacer mención a que se hubiera valido de engaño alguno para entrar ni haberle intimidado con sus armas. Regresaba en ese momento del pueblo Benito Laso, mayordomo y alcaide de la fortaleza, al que pidieron las llaves, entregándoselas sin que éste les pusiera resistencia alguna y que las llaves de la puerta principal del castillo se las había dado también Garrido voluntariamente. Era cierto que había nombrado a Pedro de San Vicente alcalde mayor, cubriendo también los cargos de escribano y alguacil "antes que entrasse en la dicha villa cerca del monasterio que esta en ella" para que de inmediato sustituyeran a los mandos que había. Como no podía negar los hechos que se le imputaban optó en su declaración por ofrecer una versión dulce de los acontecimientos, donde en ningún momento había empleado la fuerza con los cargos del concejo o vecinos de la villa. Sólo aceptó que se estaba pertrechando de armas en la fortaleza, quitándole siempre importancia, porque había oído decir que se acercaba don Luis de Chaves y doña María Mayoralgo con otras muchas gentes armadas, con arcabuces y cueras de malla a echarle de la fortaleza y que las armas que tenía dispuestas eran sólo para su defensa.

El resultado final fue que, después de su declaración, el Fiscal interpuso contra Rodrigo demanda criminal, manteniéndole mientras tanto preso en la Corte, porque "el susodicho con mano armada y con junta de gente por su autoridad con violencia y fuerça de armas entro y ocupo la villa de Orellana compeliendo a los alcaldes y justicia del dicho lugar le tuuiessen y reconociessen por señor del en lo qual cometio graue delito digno de que sea castigado rigurosa y exemplarmente como lo merece el dessacato y atreuimiento semejante; por lo cual pide sea condenado en las mayores y mas graues penas por derecho establecidas...".

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