La Isla

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miércoles, 25 de marzo de 2020

Asalto al Palacio de Orellana la Vieja en el año 1599 [1]



  1. Preliminares sobre las circunstancias familiares
 Antes de entrar en detalle de los hechos que vamos a relatar a continuación, relativos al asalto que se produjo al Palacio de los Orellana en 1599, conviene hacer un poco de historia en cuanto a las circunstancias en que vivía la familia de los Orellana, así como a las motivaciones que movían a los diferentes personajes que llegaron a intervenir en los acontecimientos, con el fin de exponer con cierta claridad los hechos que vienen a cerrar un ciclo importante en la historia del señorío, antes de convertirse en marquesado en 1614.

Como es sabido, tras la conquista de Trujillo en 1232, el paulatino asentamiento de los Altamirano en las tierras situadas más al sur de su alfoz, junto al Guadiana, culminó con la formación del señorío de Orellana la Vieja tras concederle su dominio Alfonso XI en 1335 a Juan Alfonso de la Cámara. Sus herederos, emplazados en un lugar conocido como “Orellana”, se sucedieron sin interrupción en la titularidad del señorío conforme a lo que se estableció en la escritura de Fundación del Mayorazgo de Orellana el 3 de enero de 1341, hasta 1549, año en el que se produjo la muerte en Trujillo, sin sucesión, de Juan de Orellana el Bueno, su noveno titular, hecho que constituye fuente de un conflicto que se prolongaría hasta 1614 en el seno de la familia.

Sabemos que Juan el Bueno padecía alguna enfermedad que desconocemos, pero el riesgo en que vivía por esta causa ya había puesto sobre aviso a diferentes candidatos a la sucesión del linaje, recelosos de que conforme a lo establecido fuera a suceder una mujer, lo que pronto desató toda clase de intrigas y pasiones, especialmente por parte de su tío Gabriel el Viejo, porque la sucesión de María, hermana de Juan, desviaría, de forma irreversible al contraer matrimonio, a otra familia el patrimonio legado a los Orellana. Ya al poco tiempo de fallecer su hermano Rodrigo de Orellana, octavo titular, Gabriel de Mendoza el Viejo (luego adoptaría el apellido Orellana) advertido de que su  sobrino  Juan no viviría muchos años y aún sabiendo que por legítimo derecho le correspondería suceder a  María si Juan moría siendo titular, hizo lo imposible por convertirse en sucesor. En su entorno familiar más cercano era bien conocido que ansiaba desmedidamente el mayorazgo, insistiendo una y otra vez en forzar su  matrimonio con su sobrina María, a la que en un principio reconoció sus derechos de sucesión, tratando de erigirse de este modo en el nuevo jefe del linaje. Como no pudo conseguirlo por este camino (primero la llevó secuestrada a Portugal para presionar a su madre, Isabel de Aguilar, para persuadirla de su matrimonio) resolvió obtenerlo fraudulentamente, manipulando la escritura de Fundación del Mayorazgo de Orellana. Todas las maniobras que Gabriel el Viejo puso en marcha a partir de entonces para evitar aquella adversidad, abrieron una profunda escisión en el seno del linaje que mantuvo a la familia en pleitos  durante más de sesenta años.

Ésta es la causa última del talante belicoso que mantuvo Gabriel frente a su sobrina en los tribunales. Las circunstancias de aquel tiempo quisieron que Gabriel lograra su propósito, convirtiéndose en el 11º titular  y luego le sucediera su hijo y más tarde, su nieto, dando así lugar a que los jueces, pasado ese tiempo, devolvieran calmosamente a María sus derechos legítimos de sucesión, ya fallecida, para hacerse finalmente cargo del mayorazgo su hijo García de Orellana, 14º señor de Orellana la vieja en 1604.

Durante todo este tiempo, considerándose cada uno beneficiario cierto del derecho de sucesión al señorío, con el evidente propósito de adquirir el dominio sobre los bienes del mayorazgo,  disfrutar de sus rentas y privilegios y elevar  por ende su  posición social, esas pretensiones hicieron que la documentación de la que disponía cada rama familiar a lo largo de los años se pusiera, de una u otra forma, sobre la mesa de la Chancillería de Granada, consolidando así un extraordinario aporte documental que, pese a la escasa novedad en su contenido, su contexto resultó para mí de gran provecho,  permitiéndome crear una detallada genealogía de las diferentes ramas familiares en litigio, vinculadas, durante generaciones, al mayorazgo, imprescindible para identificar con nitidez la posición familiar de cada personaje, cumpliendo con suma eficacia la función de guía con  la que podernos mover hoy con desenvoltura por entre la maraña de nombres reiterados y circunstancias cruzadas en el transcurso  de los acontecimientos.

Abrió así la muerte de Juan el Bueno en la casa solariega de la Alberca, en Trujillo, una larga serie de litigios en el seno de la familia, comenzando a partir de entonces una intensa porfía por la sucesión al mayorazgo que se prolongaría hasta 1614, reflejo de la lucha por retener en el seno de la estirpe de los Orellana el patrimonio y sus privilegios sociales,  encarnándose durante años en dos mujeres esa pugna: doña María de Mayoralgo (otra sobrina de Gabriel el Viejo), portadora y representante de la sangre vieja, que peleó sin tregua por desviar los derechos a la titularidad para su linaje, y doña María de Orellana, que hizo lo propio por recuperar sus derechos hereditarios al mayorazgo, pese a su condición de mujer, porque con su matrimonio (todos lo temían), trasladaba, aparentemente, fuera del linaje todos los bienes vinculados al mayorazgo a la familia del marido, don Gómez Suárez de Figueroa, nieto del conde de Feria. Sin embargo, como luego acaeció, las cosas no acabaron siendo según lo previsto, como tantas veces ocurre, porque cuando la justicia le devolvió los derechos de sucesión a María, ya fallecida, resultó García de Orellana, su hijo, el sucesor.

Así las cosas, María de Mayoralgo afrontó el dilema erigiéndose en valedora de los intereses de los Orellana, en representante de la sangre vieja del linaje que ya no aportaba ningún otro descendiente directo varón,  y lo hizo con tanta contundencia y decisión que pareció encarnar en su persona todo el valor de la tradición de la estirpe, comparable sólo a la persistencia en la lucha de María de Orellana, la hermana de Juan, su contrincante. Quedaba de este modo polarizada, en la fuerte personalidad de dos mujeres, dos mundos en pugna: la defensa a ultranza de los privilegios de la vieja nobleza, sus derechos adquiridos por sangre, representados por la primera y la reivindicación de los derechos emanados de la legitimidad legal, que trataban de abrirse paso lentamente en Castilla, por encima de los privilegios de casta, por la segunda. Veamos con algún detalle cómo se desarrollaron los acontecimientos.


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