La Isla

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lunes, 2 de septiembre de 2019

Diego García de Orellana: sucesor de papel al mayorazgo de Orellana de la Sierra



Tras lo publicado en los capítulos [1] y [2] que trataron sobre las andanzas y posterior  condena a muerte de nuestro personaje Fernando de Orellana los días 5 y 12  del pasado mes de abril de 2018, continuamos aquí con los acontecimientos que siguieron en la sucesión al mayorazgo, poniendo fin así a la historia de Pedro de Orellana el Viejo, 5º señor de Orellana de la Sierra.
Vista panorámica de la población de Orellana de la Sierra














En conciencia, Pedro de Orellana sabía que la sucesión al dominio señorial de Orellana de la Sierra le correspondía, no a Fernando, como hemos visto, sino a su hijo primogénito Diego García, como también la titularidad del nuevo mayorazgo que fue autorizado a fundar. Tres años más tarde, arrepentido por las permanentes desavenencias con su hijo Fernando, le concedió a su primogénito la sucesión del  mayorazgo en su nuevo testamento, otorgado en Trujillo el 5 de marzo de 1483,  rechazando en este caso cualquier posibilidad de que pudiera sucederle a Diego su hermano Fernando, en negación de lo que había firmado en Talavera el 11 de abril de 1480. Tras su muerte, esta rectificación debía servir para privar a su segundogénito de los derechos y privilegios de los que gozó hasta  entonces: "quiero y mando que el dicho Diego Garcia mi fijo goce de todos los dichos bienes y aia el dicho maiorazgo segund que gelo yo asi tengo dado y aplicado y despues de sus dias que lo aia el su fijo varon maior que del quedare. Y si el fijo varon maior fallesciere en sus dias, que lo aia el otro fijo siguiente a el y si fijos varones no quedaren del dicho Diego Garcia, mi fijo, que lo aia de haber y aia el pariente mas propinquo de parte del dicho Diego Garcia, mi padre, por linea derecha descendiente que sea legitimo y de legitimo matrimonio nascido, tanto que no sea Fernando de Orellana, mi fijo: porque me tomó la mi casa de Orellana y me la tomó contra mi voluntad, y me mandó tirar y tiró della con dos espingardas contra mi persona por me matar y me fue mui desobediente y fizo y cometió contra mi otros males y daños, por los quales es mi voluntad que non aia, nin pueda haber, el dicho maiorazgo, aunque el dicho Diego Garcia, mi fijo, fallesca sin dejar legitimos fijos herederos".

Vista parcial de la Fortaleza de los Bejarano. Orellana de la Sierra
Preparó entonces el casamiento de su hijo Diego con Isabel de Vargas, donándole   20.000 maravedíes de hierba de la dehesa de Magasquilla, aunque más tarde, en su testamento, quiso que esa propiedad formara parte de la legítima que debían heredar sus otros hijos, entre los que se hallaban, además de Fernando de Orellana, casado con Sevilla López de Carvajal, Francisco de Orellana, Isabel, Mayor, María de Orellana, (monja en Santo Domingo el Real de Toledo), Marina Alvarez, Juana García y Aldonza Vázquez (casada con Hernando Alonso de Orellana, hijo de Rodrigo de Orellana y Teresa de Meneses).

Antes de morir, sin embargo, y cuando habían transcurrido poco más de cuatro meses de la firma del testamento, se vio forzado a entregar de nuevo a su hijo Fernando la custodia de la Casa Fuerte, función que ya había realizado como alcaide en 1478, sin que aparentemente existiera ninguna otra justificación, excepto el miedo y la intimidación, para que le confiara nuevamente esa misión, convirtiéndole de hecho en dueño y señor de la fortaleza en la que Diego, su primogénito, debía asentar, a su muerte, la autoridad y  jurisdicción del señorío cuya titularidad sin duda le correspondía por derecho heredar. 

No resulta difícil sospechar cómo debió quebrar Fernando la voluntad de su padre. Lo cierto es que el 23 de julio de 1483 éste le hizo  entrega por medio de escritura pública, sin resistencia alguna, de la fortaleza. Se encontraba viejo,  enfermo y falto de fuerzas para continuar, muy preocupado por el cuidado de la fortaleza  y su defensa en manos de Fernando, siendo esa una labor que  le habían confiado a él los Reyes, porque los caballeros  “y omes fijosdalgo que tienen fortalezas en estos reynos de Castilla y Leon sean tenidos y obligados de las tener en buena guarda por complir las obediencias, fidelidad y servicio que a los reyes nuestros señores deben…”. Incapaz de responder con firmeza a  esa responsabilidad y sin poder disimular su temor a que su hijo perpetrara nuevas acciones por las que los “reyes nuestros señores serian deservidos” o que se malograra en consecuencia su propia imagen y honor “que sois tal persona que bien y fielmente guardareis y terneis la dicha casa de Orellana, como cumple a mi estado y honra y al servicio de los reyes nuestros señores…”, añade aterrado en la escritura. 


Fortaleza de los Bejarano. Orellana de la Sierra


Escudo de los Bejarano sobre la puerta principal

Su desconfianza le llevó a fijar las limitaciones en el propio documento de cesión para que se diera por bien sentado en adelante que la renta de los bienes, sus pertenencias y la propia jurisdicción del señorío permanecían aún bajo su dominio y autoridad: “por el tenor de la presente, vos do y entrego la dicha casa de Orellana y prometo y do mi fe de no vos la quitar agora, ni en ningund tiempo y es mi voluntad que la tengais para toda vuestra vida, con tanto que en las rentas y vasallos de la dicha mi villa de Orellana no entendais ni os entrometais, sino que libremente lo deges para que yo dellas y dellos haga lo que quisiere y bien visto me fuere, salvo lo que yo os diere o quisiere dar para sustentamiento y guarda de la dicha mi casa y gente que en ella tobieredes...”. Le previene asimismo que se reserva el derecho a entrar en ella cuando quiera, porque cuando “yo el dicho Pedro de Orellana fuere o quisiere ir a la dicha mi casa de Orellana, me acojais enella a mi y a mis criados que conmigo levare, y que a mi y a ellos, en la entrada y estada de la dicha mi casa no porneis embarazo ni contradicion, e que vos el dicho Fernando de Orellana mi fijo cumplireis, obedecereis y guardareis todos mis mandamientos y cartas y asi mismo acogereis qualesquier personas criados mios que a la dicha mi fortaleza y casa enviare...”, insistiéndole nuevamente en que “mirareis y procurareis mi honra y estado” a lo que Fernando de Orellana asiente con fingida sumisión: “despues de besadas las manos de vuestra merced, prometo y juro y do mi fe como hombre fijodalgo, de complir y guardar y mantener todo lo sobredicho y cada una cosa y parte della y que contra ello no ire ni verne en ningund tiempo ni por alguna manera...”. Para sellar el acuerdo deciden hacer pleito homenaje entre caballeros hidalgos, para lo que solicitan la presencia de su primo Juan de Meneses, obispo de Zamora, que acude acompañado de Álvaro de Marchena y Sancho de Oropesa, criados y familiares suyos que actúan como testigos y Luis de Palencia como notario.

Vista de la fortaleza de los Bejarano en Orellana de la Sierra

Como era de esperar y pese a todas las disposiciones testamentarias de su padre, a su muerte, siguió ocupando Fernando, contra toda opinión y sin respaldo legal alguno, la titularidad del señorío, despreciando con osadía  la designación de su hermano Diego como sucesor del mayorazgo, siendo además éste su albacea, dejando así en papel mojado sus disposiciones testamentarias sobre este particular. 

Murió algunos años después Fernando, sin que podamos añadir absolutamente nada sobre su condena a muerte. Sabemos que hizo testamento el  9 de febrero de 1490, convirtiéndose Diego García en el  6º señor de Orellana de la Sierra al no sobrevivirle mucho tiempo su único hijo, a quien, pese a las disposiciones de su padre, había nombró sucesor del mayorazgo: “complido todo lo que fincare y remanesciere de mis bienes, mando que lo aia y herede lo que mi muger pariese, porque queda y esta preñada. E si esto no llegare a luz o no llegare a edad de facer testamento, mando que aia mis bienes Diego de Orellana, mi hermano...”,  lo que en efecto ocurrió al morir su heredero siendo muy niño. 

Contrasta el testamento de Fernando de Orellana con el de sus antecesores por lo exiguo de su contenido y lo parco de su legado. Deja en primer lugar encargado que le entierren en la iglesia de Santa Maria la Mayor en Trujillo, donde están sepultados sus padres, haciendo una donación de 10.000 maravedíes para las obras de reparación que se están haciendo en la misma. Pero extraña sobremanera la mezquindad de sus donaciones, para “las otras yglesias de la dicha cibdad y del Arraval, con las hermitas, a cada una dellas, un maravedi” un contraste que también se trasluce en los pocos oficios eclesiásticos encargados según el patrón comúnmente aceptado. No tenía muchas amistades, pues solo aparecen sus criados entre los beneficiarios: A su criado Diego, “el cavallo que yo le di ensillado y enfrenado” y a Maria “mi criada 2.000 maravedíes para aiuda a su casamiento y por algunos servicios que me ha fecho en el tiempo que ha estado en mi casa”.

Alcázar de los Bejarano. Trujillo.

Aunque los titulares del mayorazgo vivían en el Alcázar de los Bejarano, en Trujillo, acudían a menudo a la Casa Fuerte del señorío en Orellana; allí otorgó testamento Diego García de Orellana, sexto señor (exluído Fernando del orden sucesorio) de Orellana de la Sierra el 2 de febrero de 1492 ante el escribano de la villa Toribio González, actuando de  testigos Juan Alonso de las Casas, Matheos García, y Gonzalo Sánchez, vecinos de la villa, Francisco Barba, de Trujillo y Francisco Ledesma, su criado, a quien nombró testamentario, junto con su mujer Isabel de Vargas, entre otros, dejándoles encargado que depositaran su cuerpo en la iglesia de Santa Maria de Trujillo, en la sepultura de su bisabuelo Alvar García Bejarano situada a la derecha del altar mayor y después de encargarles que dejaran limosnas en las otras iglesias, santuarios y hospitales y las misas acostumbradas, les confió la tarea de acabar de construir la iglesia del Espíritu Santo de Orellana de la Sierra: “ mando que acaben de hacer el yglesia de Orellana de la Sierra y la madera que sea de pino y muy buena y acepillada y le hagan un retablo que sea bueno y asimismo le hagan otra campana maior questa y que sea buena y le den luego esta que yo tengo y le hagan un campanario en queste y asimismo le hagan una sacristia de que valga el preste”.  Siguiendo la costumbre realizó otras mandas en las que  hizo espléndidas donaciones a cuantas personas habían permanecido a su servicio y  nombrando  a Francisco Ledesma, alcaide de la fortaleza. 


Restos de uno de los torreones de la fortaleza.



Iglesia del Espíritu Santo. Orellana de la Sierra
Sin embargo, en dicho documento hizo constar Diego de Orellana algo que sorprende sobre manera. En primer lugar dispone que le suceda en el señorío su hijo primogénito Pedro de Orellana. Obvio. Pero incluyendo como bienes propios del mayorazgo del que es titular las dehesas de Villalba, la Carrascosa, Pizarroso y  Pizarralejo, que a principios de 1478 habían pasado a manos de Francisco de Meneses: “mando a Pedro de Orellana, mi hijo, la casa y villa de Orellana de la Sierra con la justicia cevil y creminal alta y baja  meromisto  imperio con la huerta y huerto y olivar y dehesas que yo tengo en la dicha Orellana y con la parte que tengo en la dehesa de Cogolludo ques el veinteno creciendo y menguando las tierras y partes de Acedera y con las casas de la cibdad que estan a la puerta de Ferrand Ruiz y Magasca y Montejo y Serrezuela y Villalba y la Carrascosa y Pizarroso y el Pizarralejo que dicen del Maiorazgo que hizo y instituio Diego Garcia de Orellana mi ahuelo, mando que lo aia Pedro de Orellana mi hijo legitimo”, ignorando que hubiera existido una sentencia y una refundación del mayorazgo del que fueron excluidas las citadas propiedades del que había fundado su abuelo y que pertenecieron, a partir de ese año, a Francisco de Meneses. 

Lamentablemente no he logrado hallar más información sobre este particular para ayudarme a interpretar esta desconcertante disposición  de Diego en su testamento. Rechazo, por una parte, que existiera en el mismo un error del escribano, por su difícil explicación, asimismo cualquier actuación de su hermano Fernando, porque éste no pudo cambiar de ningún modo la titularidad que los herederos de Francisco de Meneses el Santo siguieron ostentando, como veremos en otro capítulo.

jueves, 18 de julio de 2019

Historia del fraude perpetrado sobre una escritura del mayorazgo de Orellana la Vieja

De entre todos los documentos que debí manejar para confeccionar mi monografía sobre los señoríos de Orellana la Vieja y Orellana de la Sierra, publicada en 2005, hice posteriormente una selección de los que sentí de mayor importancia y que publiqué asimismo en una edición aparte bajo el título: “Documentación histórica sobre la nobleza de Trujillo. Siglos XIV-XVIII” (Bubok, 2008). Durante el proceso de selección y su posterior estudio encontré con satisfacción algo singular entre todas aquellas copias que tenían el mismo nombre y contenido: con independencia de la fuente de donde procedieran, todas las escrituras que habían sido copiadas de un mismo original coincidían absolutamente entre ellas, lo que sin duda le añadía un inestimable grado de confianza. Del mismo modo, cualquiera que haya manejado escrituras de este tipo sentirá lo mismo que yo al respecto, un profundo reconocimiento  a cuantos durante siglos hicieron de su custodia, pese a que sin duda primara su interés, un asunto de lealtad a su estirpe y cordura para el futuro. Durante muchos años, estas escrituras sobrevivieron al maltrato, descuido y abandono, como los papeles de familia que se encontraron en las alacenas del torreón circular que aún perdura del Palacio de los Orellana hacia 1728.

En ocasiones, sin embargo, los escribanos no siempre actuaron con la consabida honradez que hemos destacado y alguno de ellos manipuló la copia del original de la escritura de fundación del mayorazgo de Orellana, sometido a la presión de intereses inconfesables como enseguida veremos, falseando su contenido. Conviene en este punto hacer un poco de historia de la familia de los Orellana. Tras la conquista de Trujillo en 1232, el paulatino asentamiento de los Altamirano y Bejarano en las tierras situadas más al sur de su alfoz, junto al Guadiana, culminó con la formación de dos señoríos: el de Orellana la Vieja, concedido por Alfonso XI en 1335 a Juan Alfonso de la Cámara y el de Orellana de la Sierra, limítrofe con el anterior, que recibió en 1375 Alvar García Bejarano por concesión de Enrique II. Los Orellana, titulares del primero, constituyen así una rama de los Altamirano, la familia más influyente de la nobleza local de Trujillo, donde sus miembros más destacados ocuparon tradicionalmente la mayoría de los cargos concejiles de la ciudad. Sus herederos, asentados sobre un lugar conocido como “Orellana”, se sucedieron sin solución de continuidad como titulares del señorío de Orellana la Vieja conforme a la línea sucesoria –según lo establecido en la escritura de Fundación del Mayorazgo- hasta 1549, año en el que se produjo la muerte sin sucesión, en Trujillo, de Juan de Orellana el Bueno, su noveno titular.

Abre esta muerte una larga serie de litigios en el seno de la familia Orellana, comenzando a partir de entonces una intensa porfía por la sucesión al mayorazgo que se prolonga hasta 1614, reflejo de la lucha por retener en el seno de la estirpe de los Orellana el patrimonio y sus privilegios sociales,  encarnándose durante años en dos mujeres esa pugna: doña María de Mayoralgo, portadora y representante de la sangre vieja, que peleó sin tregua por desviar los derechos a la titularidad del señorío para su linaje, y doña María de Orellana, que hizo lo propio por recuperar sus derechos hereditarios al mayorazgo, pese a su condición de mujer, porque con su matrimonio, fuera del linaje, transmitiría todos sus privilegios a la familia del marido, ajeno a los Orellana.

El intrincado cruce de pleitos y demandas, apelaciones, alegaciones y comparecencias en que se vieron  implicados durante casi sesenta años los  supuestos herederos de la familia por esta causa, tratando de acceder contra sus adversarios a la titularidad del mayorazgo en litigio, proporcionó finalmente un importante caudal informativo del que se nutre en buena medida la recopilación de escrituras hoy disponibles.  Considerándose cada uno beneficiario cierto del derecho de sucesión al señorío, con el evidente propósito de adquirir el dominio sobre los bienes del mayorazgo,  disfrutar de sus  rentas y elevar  por ende su  posición social, esas pretensiones hicieron que la documentación de la que disponía cada rama familiar a lo largo de los años se pusiera, de una u otra forma, sobre la mesa de la Chancillería de Granada, consolidando así un extraordinario aporte documental que, pese a la escasa novedad en su contenido, su contexto resultó para mí de una gran utilidad, permitiéndome crear una detallada genealogía de las diferentes ramas familiares en litigio, vinculadas, durante generaciones, al mayorazgo, imprescindible para identificar con nitidez la posición de cada personaje, cumpliendo con suma eficacia la función de guía con  la que podernos mover hoy con desenvoltura por entre la maraña de nombres reiterados y circunstancias cruzadas en el transcurso  de los acontecimientos.


Los documentos

Los documentos a que me refiero son, en su mayor parte, copias de las escrituras más importantes relacionadas con la creación del señorío y posterior fundación del mayorazgo,  pertenecientes todos ellos al Archivo Histórico Nacional y Real Academia de la Historia. Allí aparecen custodiadas, con reiteración, en carpetas de diferentes épocas y motivos algunas de las escrituras más significativas: Privilegio de merced del rey Alfonso XI a Juan Alfonso de la Cámara  (Zamora, 2 de febrero de 1335), Facultad del rey Alfonso XI a Juan Alfonso de la Cámara para fundar mayorazgo a favor de su hijo Pedro Alfonso de Orellana, (Sevilla, 13 de noviembre de 1340), Testamento de Juan Alfonso de la Cámara, (Sevilla, 16 de octubre de 1340),  Fundación del Mayorazgo de Orellana la Vieja a favor de don Pedro Alfonso de Orellana. (Trujillo, 3 de enero de 1341) o el  Privilegio de merced del rey Enrique II a Pedro Alfonso de Orellana (Toledo, 3 de junio de 1369).

Una de las cuestiones que más pronto llamó mi atención fue la total coincidencia de los textos y pese a que unas copias y otras tenían diferente procedencia y de que se hicieron en años distintos y por diferentes escribanos, sólo pude apreciar pequeñas diferencias debidas, en lo esencial,  a ligeras diferencias gramaticales y ortográficas, según los hábitos seguidos por el escribano en cada ocasión, muestra del absoluto rigor con el que fueron tratados siempre los textos originales. Esas copias, o traslados -por utilizar la expresión que se usaba desde tiempos antiguos-, eran frecuentes y se encargaban por diferentes motivos a un escribano público: defender ante la justicia la legitimidad de los derechos de sucesión, avalar derechos patrimoniales, probar la ascendencia o la pertenencia a una determinada estirpe de nobleza, o simplemente, por motivos de seguridad, como hizo, por suerte para nosotros,  Hernando Alonso de Orellana, a la sazón 3º señor de Orellana la Vieja. Temeroso éste por la integridad de los documentos originales en pergamino, mandó hacer una copia de los mismos,  llevándolos en 1423 al corregidor de Trujillo para que mandara realizar un traslado. Tras su lectura y comprobación, el  juez  encargado de validar el documento halló la escritura original “sana y no rota ni canelada ni en parte della sospechosa que por ende que mandava y mando y dava y dio licencia y autoridad a mi el dicho escrivano para que escriviese o fiziese escrevir de la dicha carta original un traslado o dos o mas quantos el dicho Fernan Alfon menester oviese”.

Quedémonos ahora con el hecho de que el escribano que llevó a cabo la copia se llamaba Alvar Gil de Balboa y que las mismas se conservaron siempre de allí en adelante en la Fortaleza de Orellana la Vieja, en manos de los titulares del mayorazgo, asunto al que luego volveremos, porque a partir de entonces su custodia fue considerada siempre responsabilidad de los titulares que se sucedieron en el mayorazgo.

Ocultas en una cesta de espárragos

Sin embargo, pese a la fidelidad con la que se llevaron siempre a cabo esos traslados, en nuestro caso algún escribano se prestó al engaño y a la manipulación, movido por quienes defendieron intereses espurios, porque ese fue el artificio que siguió, auxiliado por su sobrina María de Mayoralgo, Gabriel de Mendoza el Viejo para arrebatar la titularidad del mayorazgo de Orellana la Vieja a su legítima sucesora María de Orellana, tras la muerte de su hermano Juan el Bueno sin sucesión en 1549.

Tradicionalmente, la autoridad moral y política ejercida por el cabeza de linaje mantenía cohesionado a todos sus miembros en torno a los intereses de grupo, representada en el caso de los Orellana por el titular del señorío, que conservaba como símbolo y representación de esa misma autoridad la casa solar de la Alberca, en Trujillo, mientras la casa fuerte, constituía la sede del dominio señorial, en Orellana la Vieja. Aunque el espíritu de la época hacía que la titularidad del dominio señorial y del propio mayorazgo se transmitiera de generación en generación por vía de varonía, generalmente a través del primogénito, cuando esta línea no era exclusiva, extinguida la de varón, ocasionaba un problema de difícil solución en el seno del linaje, que veía de esta forma peligrar la integridad del patrimonio y con ello el poder de influencia sobre la estirpe al desviarse el dominio hacia la familia del marido de la titular heredera, cuando la constitución del mayorazgo específico permitiera sucesión de mujer, como sí lo permitía en el caso de Orellana la Vieja. 


Casa de la Alberca, casa solariega de los señores de Orellana la Vieja. Trujillo.
Esta es la causa última de la actitud que mantuvo Gabriel de Mendoza, llamado el Viejo, antes incluso de que se produjera la muerte de su sobrino Juan, al tratar de forzar con presiones de todo tipo su  matrimonio con su sobrina María de Orellana, a la que en un principio reconoció sus derechos de sucesión, tratando de erigirse de este modo en el nuevo jefe del linaje. Como no pudo conseguirlo por este camino resolvió obtenerlo fraudulentamente, manipulando la escritura de Fundación del Mayorazgo de Orellana, (la misma que había mandado copiar Hernando Alonso de Orellana en 1423, de la que tenemos garantía de veracidad emitida por el corregidor de Trujillo en esa fecha) para que no tuviera así cabida ante la justicia el derecho femenino a la sucesión.

Así las cosas, a la muerte de Juan el Bueno, María de Mayoralgo afrontó el dilema erigiéndose en valedora de los intereses de los Orellana, en representante de la sangre vieja del linaje que ya no portaba ningún otro descendiente directo varón,  y lo hizo con tanta contundencia y decisión que pareció encarnar en su persona todo el valor de la tradición de la estirpe, comparable sólo a la persistencia en la lucha de María de Orellana, la hermana de Juan, su contrincante. Quedaba de este modo polarizada, en la fuerte personalidad de dos mujeres, dos mundos en pugna: la defensa a ultranza de los privilegios de la vieja nobleza, sus derechos adquiridos por sangre, representados por la primera y la reivindicación de los derechos emanados de la legitimidad legal, que trataban de abrirse paso lentamente en Castilla, por encima de los privilegios de casta, por la segunda.

La muerte Juan el Bueno, 9º señor de Orellana la Vieja, aquejado de una enfermedad que ya había puesto sobre aviso a los otros candidatos a la sucesión del linaje, recelosos de que fuera a suceder una mujer, desató toda clase de intrigas y pasiones, especialmente por parte de su tío Gabriel el Viejo, porque la sucesión de su hermana María, casada ya con Don Gómez Suárez de Figueroa (nieto del 2º conde de Feria), desviaría de forma irreversible hacia otra familia el patrimonio legado a los Orellana. Aunque durante un tiempo le sucedió, en efecto, su hermana María, las maniobras que Gabriel de Mendoza puso en marcha para evitar aquella adversidad, abrieron una profunda escisión en el seno del linaje que mantuvo a la familia en pleitos  durante cerca de sesenta años. Lo primero que hizo doña María de Mayoralgo, siguiendo las instrucciones de su tío Gabriel, fue apoderarse de las escrituras originales entrando en la fortaleza de Orellana una noche que María de Orellana estaba con su marido en Zafra, llevándoselas a Aldea del Cano ocultas en una cesta con espárragos que cargaron en una mula, con objeto de hacer una segunda copia que cambiara, frente a los jueces, las condiciones de sucesión contenidas en el documento original de Fundación del Mayorazgo.

Los pergaminos hallados en dos conventos sevillanos

De esta forma se convirtió finalmente Gabriel el Viejo en el 11º señor de Orellana la Vieja y tras él su hijo y más tarde su nieto. Ya en el nuevo siglo, tras la muerte también del 13º señor de Orellana la Vieja sin hijos en 1599, aparece en escena un nuevo personaje, don García de Orellana y Figueroa, hijo de María de Orellana, ya fallecida, impulsando con ahínco en la Cancillería de Granada el pleito que mantenía ésta contra los usurpadores, convencido de que los jueces habían sido burlados en aquella ocasión por quienes les habían presentando una escritura falsa. Para justificar sus razones, don García, gentilhombre de la Cámara de Felipe III,  hizo valer su influencia política y personal ante los jueces solicitando que se llevara a cabo un cotejo inmediato entre las escrituras presentadas en la Chancillería por don Gabriel de Mendoza, las que él poseía  y la copia de los originales de Juan Alfonso de la Cámara firmados por el escribano sevillano Juan Alfonso el Mozo, escritura de la que había hecho copias el escribano Alvar Gil de Balboa en 1423 para Hernando Alonso de Orellana.

Instó así a los jueces a que mandaran localizar el testamento original en los despachos de protocolos notariales de Sevilla, a fin de que pudiera comprobarse que la copia que él tenía, firmada por  Alvar Gil de Balboa en 1423, era una copia fiel  de ese original y que ésta coincidía plenamente con el documento firmado en 1340 por el notario Juan Alfonso el Mozo.  

Tras la persistencia de don García, se puso en marcha entonces un equipo de colaboradores constituidos en comisión, con el exclusivo propósito de localizar, en los correspondientes archivos de protocolo de Sevilla, los documentos que se pudieran encontrar de Juan Alfonso el Mozo. Identificar la firma de este notario se convirtió al punto en el asunto esencial de la investigación. Pero pronto se percataron de que en esa ciudad, lamentablemente, no podrían encontrar ninguno de esos documentos en sus archivos, porque en Sevilla no existía ningún registro de protocolos notariales con anterioridad a 1450.

Pero como a veces acontece y dicta la experiencia de vida, por suerte se abrieron otras puertas, porque el esmero con el que algunas monjas de los conventos sevillanos de Santa Inés y de Santa Maria de las Dueñas cuidaron durante generaciones sus archivos, hizo que aparecieran en su interior algunas escrituras de las que habían sido certificadas por Juan Alfonso el Mozo. En el de Santa Inés, su abadesa encontró un listado de documentos en el interior de un viejo libro de registro y siguiendo ese elenco halló una escritura que resultó ser un pergamino con la letra y rúbrica de Juan Alfonso el Mozo; en el de Santa Maria de las Dueñas se encontraron asimismo otros pergaminos con las mismas características, tipo de letra y signos de rúbrica del mencionado escribano. Cotejados ambos documentos con las copias que tenía el juez que seguía la causa, hallaron con gran júbilo que pertenecían al notario que andaban buscando.

Vistos los papeles, se lanzaron con alborozo sobre los pergaminos, sometiéndoles de inmediato a un análisis minucioso: los dieron por buenos, con los requisitos, “solenidades y testigos que para ser valida se requieren según el uso y costumbre”, comprobando que a las escrituras no les faltaba nada esencial y que sólo mostraban estar algo estragadas y descosidas, pero que “en lo de ser çierta y verdadera la tiene por tal” y entre otros indicios de autenticidad se comprobó que aparecían inscritos en ella cinco testigos, muestra de la importancia que le concedió al documento el escribano que lo hizo como era costumbre en Sevilla, donde para poder otorgar testamento se necesitaban al menos tres escribanos. Por su parte, el cura Pedro López del Corral, que pertenecía a la comisión investigadora, estudió personalmente las escrituras halladas en el convento de Santa Inés, y después de examinar los documentos “aviendole mirado y cotexado con atençion letra por letra rasgo por rasgo y punto por punto le pareçe que las suscriçiones y sinos del dicho testamento y escripturas es todo de una mano y del dicho Juan Alfonso”. Lo mismo hizo con las que se encontraron en el  de Santa María de las Dueñas, y aunque en este caso la letra era más apretada, “por aver menos lugar para estender los dichos rasgos en la dicha escriptura de pergamino” eran sin duda también del mismo escribano.

Se desató por entonces un interés cargado de intriga, que puso en marcha a otras muchas personas ajenas a la comisión. Por su parte, Fernando García Xarillo, secretario de visitas de las monjas sevillanas, realizó así algunas indagaciones más en agosto de 1604, que le llevaron a averiguar que el mencionado Juan Alfonso, al que llamaban el Mozo, era un escribano muy conocido en Sevilla, del que se podían encontrar en el convento de Santa Maria de las Dueñas algunas escrituras más, firmadas junto a los otros escribanos que intervinieron con él en el testamento de Juan Alfonso de la Cámara. El clérigo Antonio Martínez Bueno, mayordomo del cardenal sevillano, también contribuyó en el mismo sentido, diciéndole al procurador de don García que le comunicara a éste, que tras su minucioso estudio, las escrituras de ambos conventos eran iguales a las que había copiado Alvar Gil de Balboa y que coincidían exactamente con las copias que él tenía en su poder.


Comprobada la manipulación hecha en la escritura depositada en la Cancillería, en la que se hacía omisión de las palabras expresadas en la misma sobre los derechos de sucesión referidos a mujer, se resolvió al poco el pleito a favor de Don García de Orellana y Figueroa, poniéndose punto final así al largo dominio del mayorazgo por parte de la rama de Gabriel de Mendoza, al pasar nuevamente la titularidad del mismo a su madre, ya fallecida, casada con don Gómez Suárez de Figueroa. Este quiebro en la línea de sucesión fue sin embargo fugaz, porque tras algunos años más de  reiterados pleitos entre nuevos aspirantes, todo volvería a su tronco primero, al recaer de nuevo la titularidad del dominio -transformado desde 1614 en marquesado- en los descendientes de don Pedro Suárez de Toledo –segundo hijo de Rodrigo de Orellana y Teresa de Meneses- a la muerte, nuevamente sin sucesión en 1609, de don García, al que transitoriamente le sucedido su hermano Gómez de Figueroa y Orellana, obispo de Cádiz y tras él su otra hermana, doña Mencía Manrique de Figueroa y Orellana, que ya figuraba a partir de entonces como marquesa de Orellana en los documentos. 

martes, 8 de enero de 2019

Los arquitectos Becerra en Orellana la Vieja durante la segunda mitad del Siglo XVI



La familia de maestros canteros trujillanos, Alonso y Francisco Becerra, dejó notable  huella de su oficio en la Orellana la Vieja de la segunda mitad del siglo XVI: la remodelación del Castillo-Palacio y la construcción de su iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción. Queda bien documentada la autoría de la iglesia por parte del segundo, pero no del Palacio, de lo que carecemos de datos fehacientes. Sí podemos afirmar, por el contrario, que no fueron los constructores del convento de San Benito, del que desconocemos todo lo relativo a su trazado, excepto que se terminó diez o quince años antes de comenzar las obras de la casa fuerte, hacia 1545. Tal vez sus constructores procedieran también de Trujillo, o acaso de Toledo, probados los vínculos sociales en esa ciudad de su fundadora, doña Teresa de Meneses. De una manera u otra, trataremos de glosar aquí su paso por esta villa y, por añadidura,  tratar  de desentrañar la autoría de la obra del Palacio.

Recreación del Palacio de los Orellana. Acuarela de Ángel Manzaneque
Tras el conflicto bélico por la sucesión a la Corona de Castilla en 1479, las ciudades extremeñas impulsan un proceso de cambio en su arquitectura, transformando paulatinamente las antiguas casas militares en palacios, buscando espacios vitales más abiertos, luminosos  y confortables. En Trujillo esas transformaciones hacen que a partir de entonces vayan desapareciendo del recinto amurallado fortalezas y baluartes defensivos,  adquiriendo poco a poco la ciudad un aspecto moderno, introduciendo en los nuevos edificios amplios patios interiores y numerosos balcones y ventanales a la calle que pronto cambiarán la fisonomía de la ciudad.
Palacio de los Orellana, tras su remodelación a mediados del S. XVI. Orellana la Vieja.
Foto de Fernando Garrorena, 1929.
Este es el caso, entre otros muchos, de la casa fuerte de Diego de Vargas, adquirida en 1542 por Juan Pizarro Orellana a su regreso del Perú. Las importantes obras de reforma del edificio, especialmente en la fachada principal y la incorporación de un esmerado patio interior que, además de mayor comodidad introducía luz en los aposentos interiores, hicieron del nuevo Palacio de los Pizarro Orellana una de las construcciones más emblemáticas de Trujillo. Sabemos que las obras estaban iniciadas en 1551, siguiendo el proyecto constructivo del arquitecto  Alonso Becerra. Otro tanto ocurre en diferentes lugares de su alfoz. Así, las transformaciones que tienen lugar por entonces en la fortaleza de Orellana la Vieja responden al mismo motivo, convirtiéndose la construcción defensiva en residencia palaciega de los señores de Orellana y luego de los diferentes titulares del marquesado.

Palacio de los Pizarro-Orellana, tras su remodelación a mediados del S. XVI. 
Acualmente, Colegio del Sagrado Corazón de Jesús. Trujillo

Detalle del balcón del Palacio Pizarro-Orellana, con los blasones de los Orellana y los Pizarro. 

Formaban el primitivo conjunto arquitectónico defensivo que hoy conocemos en Orellana cuatro torres, dos de ellas redondas y otras dos, situadas en los vértices diagonales de un espacio ligeramente elevado sobre la villa, cuadradas, limitando con el lienzo de muralla que las unían un recinto cerrado, abierto a poniente solo por su puerta principal. 

Estado de la casa fuerte original. Plano levantado por el arquitecto
Rafael Ardanaz Arranz. En trazo simple, lo desaparecido.
De todo el conjunto, hoy solo quedan en pié la torre principal y una de las redondas en su lateral norte. De las modificaciones introducidas en la segunda mitad del siglo XVI, sólo indicios. (Ver en este mismo Blog la entrada: “La casa fuerte de los Orellana” Abril, año 2013).


Esquema de transformación de la casa fuerte en palacio, a mediados del S. XVI. 
Plano levantado por el arquitecto Rafael Ardanaz Arranz. En trazo simple, lo desaparecido.

Es muy difícil llegar a conocer cuántas trasformaciones y de qué naturaleza se realizaron sobre la estructura original de la fortaleza durante esos años, aunque  sí sabemos que se construyó entonces un  hermoso patio plateresco, que según lo expresa el Conde de Canilleros en su obra “Extremadura” fue “la más artística construcción de la Siberia”. 

Detalle del patio del Palacio Pizarro-Orellana. Trujillo

Del mismo modo se expresa Carmelo Solís: “Tiene éste en toda su vuelta dos pisos, con arcos de medio punto el inferior y arquitrabado el superior, apoyando el dintel sobre zapatas encima de los capiteles en que en ambos pisos son jónicos. Los escudos de las enjutas y el pretil, de rica claraboya plateresca, restan al conjunto un toque de animada decoración. Este patio se emparenta con el del palacio Orellana-Pizarro, de Trujillo, y el claustro de San Miguel...” (REE, XXIX, 2, 1973), junto al magnífico balcón de cantería, construido al estilo de los que proliferaron en Trujillo,  a partir de la segunda mitad del siglo XVI, introduciendo así los primeros elementos ornamentales y artísticos abiertos al exterior.



Patio del Palacio Pizarro - Orellana. Trujillo


Patio del Palacio de los Orellana. Orellana la Vieja. Año 1929.
Foto de Fernando Garrorena. 

Gracias a la visita de inspección que realizó al Palacio de Orellana la Vieja en 1728 el juez trujillano don Joaquín Antonio de Tapia Valcarce, conocemos algunos detalles de las modificaciones que se introdujeron entonces en su interior: además de  acondicionar el salón adjunto a la torre principal y diferentes aposentos interiores, tenemos una sucinta información documentada referida a solo dos estancias: el Archivo, situado en una sala ovalada en la torre redonda que aún permanece, con ocho alacenas empotradas en la pared, donde se guardaba la documentación histórica de los titulares del señorío y el  Cuarto de los Azulejos, al que el vecino de Orellana Sánchez Moñino identifica como el “oratorio”, tal vez porque fuera ésta su función, la de servir de capilla a sus moradores.



Palacio de los Orellana. Interior de la torre redonda, con ocho 
alacenas en su estancia superior (Archivo). Orellana la Vieja. 

Por otra parte, siguiendo la práctica dominante en Trujillo de fijar esgrafiados en los muros interiores de las nuevas construcciones, en las obras de rehabilitación del Palacio de Orellana se incorporaron distintos motivos en el salón principal y en diferentes estancias, con representaciones menos fastuosas que las empleadas pocos años antes en el convento de San Benito de Orellana la Vieja. Aunque no se trataba de un recurso exclusivo de la época, durante estos años, principalmente a partir de la segunda mitad del XVI, el esgrafiado, como recurso ornamental, se generalizó en todo el proceso rehabilitador de los palacios extremeños,  aplicándose con cierta profusión en las estancias interiores de las nuevas construcciones. 


Palacio de los Orellana. Salón junto a la torre principal. 

Se trataba, por lo general, de mallas romboidales y con formas de diamante, o complejas representaciones iconográficas, predominando los motivos heráldicos, vegetales y representaciones humanas, zoomorfas o de seres fantásticos. Son por este motivo bien conocidos los numerosos esgrafiados de esta época en Trujillo, tanto en construcciones religiosas como civiles, generalmente en el interior, pero también en  otros casos, como ocurre en  los palacios de San Carlos y La Conquista,  se aplicaron en los paramentos exteriores de los edificios.

Esgrafiado en el friso del salón principal. Palacio de los Orellana. Orellana la Vieja.


Esgrafiado en el Palacio de los Orellana. Orellana la Vieja.

Para mí, lo extraordinario del caso es la notable semejanza de algunos de los esgrafiados de Trujillo con los de Orellana la Vieja, como si algunos hubieran sido ejecutados por la misma mano, lo que parecería razonable si pensamos que en Trujillo había una
importante cuadrilla de artesanos que conocían perfectamente los modelos y las técnicas del  esgrafiado y  que se desplazaban por donde quiera que viajaran los arquitectos y constructores de la época. Esta referencia a los esgrafiados viene al caso por su importancia para tratar de adjudicar la autoría de las obras realizadas en el Palacio de Orellana la Vieja a Alonso Becerra o a su hijo Francisco, como también lo es la extraordinaria similitud aludida, entre el patio del  Palacio de los Pizarro Orellana en Trujillo y el del Palacio de Orellana. Sabemos que el primero estaba siendo construido por Alonso Becerra en 1551 y el de Orellana la Vieja, debió ser encargado a uno de los dos arquitectos por Gabriel de Mendoza el Viejo. Ese encargo tuvo que producirse entre 1554, año en el que éste accede definitivamente a la titularidad del señorío de Orellana, tras desalojar del mismo a sus anteriores titulares y 1560,  fecha en la que le sucede en la titularidad su hijo Juan Alfonso de Orellana.

Esgrafiado en el interior de la iglesia de Santiago. Trujillo



Esgrafiado en el interior de la iglesia de Santiago. Trujillo

Esgrafiado en el convento de San Benito. Orellana la Vieja

Esgrafiado en el convento de San Benito. Orellana la Vieja


Gabriel de Mendoza, personaje ambicioso, intrigante y calculador supo, como hombre de su tiempo, ser al mismo tiempo innovador, transformando en palacio su fortaleza de Orellana y despojándola de su primitiva función defensiva, baluarte medieval que ya no habría de cumplir funciones militares como antaño fueron concebidas. (Ver en este mismo Blog la entrada: “Gabriel de Mendoza, el Viejo” Junio, año 2010). De lo que aquí se trata es de explicar el paso por Orellana la Vieja de los arquitectos extremeños y tratar de dilucidar, al mismo tiempo, las construcciones de cada uno de ellos en los monumentos de la población. Desde mi punto de vista, todo induce a pensar en Alonso Becerra, el padre, como ejecutor de la rehabilitación del Palacio, entre otras cuestiones porque las fechas que manejamos son demasiado tempranas para que Francisco Becerra, el hijo, hubiera adquirido la experiencia y madurez necesarias para abordar semejante construcción.
 

Balcón principal (segunda mitad del S. XVI). Palacio de los Orellana. Orellana la Vieja
Foto de Fernando Garrorena. Año 1929.

Desde muy joven Francisco trabajó como oficial de su padre, tanto en obra civil como religiosa. En 1553 colaboraba en la construcción de la iglesia de San Martin, aún bajo la dirección de Sancho de Cabrera y en 1558 en la iglesia de santa María. Entre  1560 y  1564 trabaja, todavía como oficial, en la iglesia de Herguijuela, trazada por su padre Alonso Becerra y luego en Garciaz (donde conoce a su mujer Juana González de Vergara, hija de otro oficial, durante la construcción de su iglesia parroquial). No es hasta 1566 cuando podemos apreciar, a estos efectos, su madurez e independencia profesional, año en el que figura por primera vez como maestro. Poco antes de 1570, época en la que debió morir su padre, comienza el claustro del convento trujillano de dominicas de San Miguel y Santa Isabel y ejecuta a partir de entonces diferentes trabajos como maestro en el Monasterio de Guadalupe, Valdetorres y en Trujillo, donde colabora en la construcción de los conventos de San Francisco, y la Concepción. Trabaja asimismo en el palacio de Gonzalo de las Casas, edificio considerado como uno de los más importantes de la arquitectura trujillana, además de la ejecución de varios puentes, el embalse de la Albuera y una gran portada para la Dehesa de las Yeguas, y más tarde, ya entre 1570 y 1573, en la construcción de la iglesia parroquial de Orellana la vieja, cuya ejecución por parte de Francisco está perfectamente documentada en el memorial de condiciones y licencia del Obispo Pero Ponce de León, firmado en Plasencia el 19 de julio de 1570.

Iglesia parroquial de Orellana la Vieja

Acabada la iglesia de Orellana, en junio de 1573 Francisco se embarca para las Indias, invitado por su amigo Gonzalo de las Casas, encomendero de Oaxaca. Le acompañaron grandes canteros trujillanos, discípulos suyos como Martín Casillas, Alonso Pablos y Jerónimo Hernández, con los que ejecutó grandes obras. Tanto en Nueva España como en Perú, convirtiéndose en uno de los mejores arquitectos renacentistas en América, muy cercano a las creaciones de los españoles Diego de Siloé y Andrés de Vandelvira. Con los Becerra se implanta definitivamente el plateresco en Extremadura, siguiendo muy de cerca los  postulados de Covarrubias, destacando sus obras por su simplicidad y limpieza en la ejecución.
 
Detalle exterior fachada naciente de la iglesia parroquial (1570-1573). Orellana la Vieja

Siguiendo a Carmelo Solís sabemos que Francisco Becerra nació en Trujillo en 1540. Hijo de Alonso Becerra, muy reconocido en Trujillo como arquitecto, destacó pronto como maestro cantero siguiendo los pasos de Sancho de Cabrera, con el cual realizó grandes obras. Su retrato físico nos lo proporciona el propio Francisco: “soy un hombre de mediana estatura y delgado y poca barba y que tengo los dientes altos, delante los menos y la barba entre rubia y negra”. El interés por la arquitectura le viene de una larga tradición familiar. Su abuelo Hernán González de Lara, trabajó junto a Covarrubias en la catedral de Toledo, siendo amigo personal del escultor Berruguete.

A su llegada a Nueva España, trabaja en Cuernavaca, Tepoztlán, Yanhuitlán, Tlaquiltenango, Totimehuacán, etc. Hacia 1575 fue nombrado maestro mayor de la catedral de Puebla, la más importante después de la catedral de México, ciudad en la que dirige asimismo los conventos de San Francisco y Santo Domingo. Pasado un tiempo, se traslada a Perú, primero a Quito y poco después, ya en 1582, a Lima, ciudad en la que el Virrey del Perú, don Martín Enríquez, le encarga el trazado de las Catedrales de Lima y Cuzco, de las que fue nombrado maestro mayor y que llegarían a ser las más importantes obras religiosas de la época, por lo que a Becerra se le considera el arquitecto de más relevancia e influencia del siglo dieciséis en el virreinato peruano. En 1586 tras un fuerte seísmo en Lima, tiene que encargarse de la reconstrucción de numerosos edificios, como es el caso del Palacio de los Virreyes. En el orden civil,  ejecuta una de las obras de mayor importancia que se llevan a cabo en la Ciudad de los Reyes por esas fechas, como fue la reforma de su sistema defensivo, siendo uno de los interventores en las defensas del puerto de El Callao. Francisco murió en Lima el año 1605.